El futuro del libro. Esperando a los bárbaros

Larizza, Olivier. La querelle des livres. Petit essai sur le livre à l’âge numérique. París: Buchet-Chastel (Essais et Documents), 2012. 124 pp.

Por Neus Rotger

El título de este volumen bien podría haber incorporado un interrogante, porque una de las ideas matrices que se defienden es que la querella entre el libro en papel y el libro digital es un falso problema y que, de hecho, nunca tendrá lugar. Las textualidades impresa y electrónica son magnitudes temporalmente asociadas pero incomparables, y en ningún caso reducibles a la polarización que a menudo centra el debate en torno a la revolución digital. Olivier Larizza, escritor, profesor de literatura inglesa en la Université des Antilles-Guyane e investigador de la historia del libro en la Université de Haute-Alsace (Institut de Recherches en langues et littératures européennes), arguye que no nos encontramos, desde ninguna perspectiva, ante una nueva edición de la Battle of the Books de que nos habló Jonathan Swift hace tres siglos, sino frente a una situación muy diferente, aunque igualmente agónica: el arrinconamiento del libro (y de sus características e implicaciones culturales) respecto de la posición central que había ocupado en la tradición.

Con una voluntad declaradamente ensayística, escrutadora pero no necesariamente concluyente, y con un conocimiento sólido de la materia, Larizza parte de algunas de las consideraciones de François Bon, reseñadas aquí, y deshoja los rasgos fundamentales del libro en papel en su inmejorable materialidad, al tiempo que pone en duda y refleja muchas de las ventajas de los nuevos soportes electrónicos. Como Bon, Larizza se sitúa en un presente después de los libros y mira hacia el pasado en busca de las huellas de la profunda transformación que ha marcado la evolución del objeto libro bajo el impacto de las tecnologías de la información y de la comunicación. Pero si la de Bon era una mirada integradora y complaciente, la de Larizza está llena de resistencias, y a menudo cae en la agonía y la polarización que él mismo denuncia como propias de una querella de los libros sin razones de ser demasiado claras o , por lo menos, justificadas.

En una retórica de la confrontación que se enuncia dramáticamente desde la cubierta misma del libro, el ensayo se estructura en torno al conjunto de ideas, categorías o mitos -«fantasmes», los llama Larizza- que vertebran la defensa de la modernidad tecnológica del libro digital (perfección, perennidad, totalidad, interactividad, sacralidad, gratuidad, accesibilidad y multiplicación), para argumentar que el libro tradicional contempla, a menudo de manera ventajosa, estas mismas funciones. El libro es la construcción acabada, perfecta, de la cultura analógica, mientras que la cultura digital, todavía demasiado deudora del modelo que aspira a sustituir, no ha encontrado su representación óptima. Larizza no ignora que la partida sobre el futuro se debe jugar en el terreno de los dispositivos multimedia y multiformato, que potencian la virtualidad del contenido textual y aumentan las funcionalidades y la usabilidad. Pero este camino supone, a sus ojos, no sólo la pérdida de la identidad específica, emblemática, que el libro ha tenido en la cultura occidental, sino la disolución de sus características originales en un todo unitario e indiscriminado.

Ante la benemérita galaxia Gutemberg mcluhaniana, la galaxia Internet teorizada por Manuel Castells aparece aquí como un espacio final de «livres sans âme» (p. 109), un sistema virtual en el que la desmaterialización de los textos los habría dejado huérfanos de su antigua significación. El acento recae, igualmente, en la temporalidad pausada, continua, de la lectura libresca, frente al proceso de recepción sumamente acelerado, fragmentario y expansivo propio de la actualización y la accesibilidad infinitas de la red y de las tecnologías de la lectura. ¿Qué quedará de la lectio, seguida de la meditatio, que ha constituido la forma de definir nuestra cultura y la figura pública del intelectual? O, para decirlo con las palabras de Larizza, cuál será el lugar de «le patient effeuillage des couches de sens qui composent un texte», y en el que el autor emplaza «l’apanage des Humanités» (p. 74)? El objeto llamado libro y su entidad histórica implican una forma de conocimiento, una manera de leer y de saber con evidentes consecuencias críticas y también creativas, que Larizza parece considerar en términos exclusivos, como si de verdad nos encontráramos ante dos realidades antagónicas y en conflicto.

En este sentido, en las últimas páginas, de inequívoco eco proustiano, Larizza se deja llevar por las razones que a lo largo del volumen ha reunido a favor de lo que llama «le désir de livre» y formula el núcleo de la preocupación que recorre todo el ensayo: ¿cuál será el lugar que le quedará al grand style, a la escritura literaria en su sentido más ambicioso? ¿La particular experiencia estética, también lingüística, que la mejor literatura nos procura, tendrá cabida, si es que tendrá alguna, en el fragmentario mundo digital, que aborrece la lectura cerrada y lineal? Y más allá de esta cuestión, pero estrechamente ligada a ella: ¿seguirá siendo la literatura el espacio primordial de la expresión narrativa, u otras formas asociadas a lo audiovisual y multimedia se ampararán de la vieja fábula aristotélica? La habilidad de este pequeño ensayo consiste en hacernos ver, al modo de Eco y Carrière, o de Robert Darnton, qué es lo que tal vez se nos ha escapado para siempre de las manos. Falta saber, sólo, si el afecto por lo que ya hemos perdido no impide pensar, sin excesiva melancolía ni alarmismo, sino con sutilidad y buenas razones, el presente y el futuro de los libros.

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